lunes, agosto 18, 2008

Lo que nos quitan

"No, no aplaudas porque tú no estás allí"
(Luciana, 4 años. Y mi tío aplaudía, frente al televisor, el gol del Burrito Mariño)
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Muchas horas después de aquel inesperado paseo de domingo, frente a la televisión que no traía el gol, este novel bloJer había de recordar las escenas desgarradoras de una nena de cuatro pidiendo cuentos, aquella tarde remota en que mi padre nos llevara a conocer las aceitunas verdes del Olivar.

Fuimos a ese parque, verdadero pulmón de San Isidro, cogimos una aceituna para enseñársela a mamá al regreso. Luego arribamos al Parque del Dragón. Desde él se puede ver el litoral en toda su suciedad (no por la coloración marrón sino por los restaurantes), vista que no tuvimos porque ya caía la tarde; pese a eso, el paisaje conservaba una presentación elegante. Había, además, un barco camaronero, como el “Jenny #6” de Gump, para que se suban los niños y los grandes. Tal vez no se llame Parque del Dragón sólo porque tiene un tobogán en forma de Shen-long pero es el nombre arbitrario con que lo bauticé para mejor recordación de Lu. Y, detalle que no debe pasar desapercibido, había un baño y estaba limpio.

Terminamos en la librería Crisol del Ovalo, adonde supuestamente habíamos ido para comprar un par de libros de Valentino y el Clan del Can que estaban a 6 soles cada uno, pero cuando llegamos nos dimos con la noticia que estaban agotados. La sección infantil de la librería parece una cueva y está bien alfombrada. Parece que los que la decoraron intuían que, muchas veces, los padres astutos caen por ahí con sus hijos para leerles la mayor cantidad de historias que puedan mas no para comprárselas y para eso necesitan un piso abrigador. Yo no he llegado todavía a eso, suelo ir yo solo a leer cuentos, memorizarlos y contárselos a Lu en la noche. Ya en la cueva, Luciana se enamoró de dos cuentos que sumados salían 100 soles y mi viejo no tenía previsto gastar ese dinero ni lo tenía (el susto sería mayor cuando nos enteramos que la cochera costaba 7 soles la hora). Estuvimos dos horas tratando de explicarle a Luciana que no se podía pero sin decirle que no teníamos el dinero para comprarle esos dos cuentos. Porque los niños no entienden las cuestiones del dinero y si las entendieran sería un obstáculo para ellos dejar de hacer cosas porque falta dinero. Además, la hipotética escena de salir de Crisol sin haberle comprado un libro luego de llevarla para eso era cruel ya que Luciana iba salir llorando de allí (porque ya en Crisol mismo estuvo a punto de vaciarse en lágrimas cuando le demorábamos con paternales tretas sucias para que abandone sus libros de 100). Pero el roche que eso provoca no es tan importante como el dolor de una promesa rota, que significaba, si nos ponemos trágicos, la confianza perdida, el mal rato en la librería, lágrimas en el auto rumbo a casa.
Quería hacerle escoger cuentos del Quijote o el Principito correctamente ilustrados pero a ella no le importaban mis gustos tan arcaicos (los clásicos, que yo mismo no sabía de dónde me salía el convencimiento para recomendárselos sin haberlos leído). Como los veía con muchas letras prefería los de Mickey Mouse o los de un cuento en el que podía “vestir!” a los personajes con estiqueres de cartón que le venían en el mismo cuento, quería libros con mas dibujo e interacción. Fue así que vencimos a la niña y logramos que Luciana se llevara un cuento de las princesas de Disney que estaban a un precio que dejaba más abrigado el bolsillo de papá. Los dos libros a los que se aferraba habían desaparecido místicamente mientras ella seguía buscando más textos en esa especie de paraíso de páginas impresas con fantasía. Nos dieron de regalo un separador de hojas que rezaba: “Regrese pronto… (pero no sólo a esta página, claro)”. Cruzamos por el túnel que da al Ovalo, bajamos dos sótanos, encendimos el carro y salimos de ese laberinto. Por la radio se escuchaba el relato de un partido de futbol.
Llegamos a la casa, prendí la televisión para ver el sibilino partido de Perú con Colombia por las eliminatorias rumbo al mundial 2010. Dejé que Luciana juegue con su cuento que venía con una tonada incorporada que Ella escuchaba maravillada. Adopté la actitud de “por hoy ya he cumplido con Ella y ahora no me molesten que quiero ver el futbol”. Al final, peruchos y colochos empataron 1-1, en un partido emocionante pero pobre técnicamente. Yo terminé casi llorando. El futbol te puede hacer reír o te puede hacer llorar (o serte indiferente), en el “verde” se suspenden las leyes de la realidad, todo está permitido y todo está al revés. Me dejo llevar por esa pasión desenfrenada. No voy a decir que no vale la pena dejar a tu hermanita por un mísero partido de una selección de futbol que no puede ganar hace tiempo porque eso ya pasó; y que juega mal: eso sí lo digo. Ni tampoco diré que odio a Chemo por decir que el patriotismo (o la falta de él) es una tontería para analizar el futbol que (no) hizo su selección, al contrario, qué bueno que no se refugie en eso y asuma su propia responsabilidad.
De todas maneras, sí me chocó que Perú no pudiera ganar. Debería estar acostumbrado a tal resultado porque siempre es el mismo pero no, yo renuevo mi fe en cada partido. Yo siento que si Perú juega con Argentina, Brasil, España o cualquier otro peso pesado del mundo, mis ganas y deseos son tan altísimos como cuando Luciana se convence de que le compraremos los libros. Así, el futbol y los cuentos resultan ser nuestros sueños inmediatos, de los cuales despertamos demasiado tarde para ganarlos. Seres perversos, que muchas veces resultamos ser nosotros mismos, nos los roban.
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Miren a Chemo, miren la boca, observen... pero, tranquilos, no se escandalizen que Luciana me dice peores cosas cuando está molesta. Si me lo merezco, o no, ya queda en mi fuero interno.



Para cerrar con broche azteca, la mejor canción del grupo mexicano Panda (justamente porque no es de ellos). La letra original, venida del mismo país, es del ´Principe de la canción´ José José: Lágrimas.

2 comentarios:

  1. Empiezas como García Márquez en "Cien Años de Soledad", que libro maravilloso, no?

    Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo

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  2. Hola diana, con tu comentario has derrumbado mis pretenciones de pasar ante ustedes como un gran narrador. Shhh!! no le digas a nadie más, ya??

    Fue de las primeras novelas que leí y me hizo volar. Gracias por pasar, un abrazo.

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"vete de aqui, vete de aqui" (Lu dixit)

 
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