lunes, junio 15, 2009

Titanes en la mesa


Hacer comer a una nena de cinco años

puede ser una ardua labor

de quincuagésimas horas amarrado al comedor.

Si bien se puede montar en el personaje del tutor antojadizo y liberal que permite la elección de los platos que la mencionada ciudadana de cinco años quiera o no comer, puede uno también adoptar la actitud ceñuda, conservadora y tradicional de velar por el bien y el futuro nutricional de la instruida para embutirle, cuchara por cuchara, la merienda que, piña pues si no quieres, mamá preparó para esta noche.

Resulta que polarizamos el sacrosanto comedor con esas tácticas maniqueas de Guerra Fría. Si se trata de Luciana, repito esto eh, si de Luciana hablamos, no tengo las reservas militarizadas necesarias para adentrar en su abrigado pescuezo el bolo alimenticio. Sí, por el contrario, me provoca que elija los sabores y colores que del plato le gusten, aunque así corro el anunciado peligro de que no se alimente lo suficiente para, por ejemplo, tener fuerzas para jugar el resto de la noche, como le digo. Formalmente y en la práctica, he revisado esos dos preceptos de la etiqueta alimentaria.

Nadie nace conociendo los sabores de las comidas, como Lulia que puede no gustarle algo sin haberlo probado antes. A mí no me gustan las aceitunas: estoy seguro que de pipiolo me obligaron a comerlas y por eso no me gustan. Si, por lo bajo, de contrabando, disimuladamente, me inducían a comerlas, ahora las degustaría como bien lo hace Luciana (Ella puede comer, mínimo, diez aceitunas). La valla, el muro, el reto olímpico a quebrar es el de convencer al intranquilizado menor de comer aquello que no le gusta usando mecanismos suaves o poco dolorosos para ambas partes, es decir, con traspasada alegría.

Algo de eso intuía la noche que acompañé a Luciana al comedor para que coma la mazamorra que mamá había decorado con cereales. Ella insistió en hacer, a la vez, su tarea. Yo acepté como un manso borrego a su petición, que es la única forma que conozco de acceder a las peticiones de mi pitufina hermana.

“Sabías que… Un grupo de niños lanzaron 200 botellas al mar en las costas de Argentina y en cada botella había una carta con un mensaje de integración. …”

¿Sabes qué es integración, Luciana?, le pregunté. No. ¿Quieres que te diga qué es? Ya, respondió de nuevo. A ver dame tu mazamorra: ves que todo está separado, disperso: ahora, mira, mira, como lo junto todo al medio. Imagínate que todo está al centro del plato. Entonces tu mazamorra está integrada, le expliqué con ese ejemplo pobretón. ¿Y ese poquito por qué no lo has juntado? (preguntó señalando un cerrito de crema que olvidé a propósito). Respondo es que… … imagínate pues, era un ejemplo no más. Y Luciana no, yo quiero que la juntes (quiso quitarme la cuchara para hacerlo Ella). Acuérdate que dice mamá que, si la integro, la mazamorra se hace como agua, le advertí y se detuvo.

“Casi cuatro años después una abuela y su nieta encontraron una de las botellas mientras caminaban por una playa en ¡Australia!”

A Ella no la miraba, sólo leía esas alucinantes oraciones que había en sus hojas de tareas. Después de armar un nuevo engaño para que coma sin demoras (que a continuación revelaré), era conveniente dejar que coma sola: como lo tendría que hacer de aquí a muchos meses y tal vez años, lustros y décadas en adelante. Le propuse alternar nuestros turnos de coger la cuchara para dársela, claro que con estas otras palabras: ya sé, yo te doy una vez y luego tú la otra, una cucharada no más. Una tú y una yo.

Le agradó la idea. Me dije que era una buena idea luego de ver su sonrisa. Me dijo que yo empezara, así que sostuve la cuchara con mazamorra y la llevé a su boca. En su turno, Luciana hizo lo mismo. Luego yo, Ella, yo, Ella. Transcurrían los minutos y Ella alimentándose. Luciana no come sola, al parecer le pesa cargar la cuchara o quiere que mamá le ayude (excepto cuando le sirven huevo y arroz). Así que ver a Luciana valiéndose de Ella misma para comer era no un logro ni una misión cumplida, sino el inicio del siguiente paso: que lo coma todo, solita y sin chistar (que o es una ilusión mía o ya está en edad para eso o los veinte años me avejentan el humor).

Para esto, cuando Ella cogía la cuchara yo volteaba a mirar la televisión (estaba dando Jorge el Mono Curioso) y me desentendía de los turnos. No la miraba. Ella no me decía nada y seguía comiendo, acaparando el siguiente turno, mi turno. Luego me iba reclamar que porqué no cogía la cuchara, pero antes le pregunté alguna cosa sin importancia acerca del dibujo del mono Jorge. Me seguía el hilo y contestaba, caía en mi trampa y seguía comiendo.

Al final, no terminó de comer conmigo, pero avanzó cojonudamente con la mazamorra.

Y uno se pone a pensar: tal vez la magia surge de la nada. La estrategia puede ser esta: no tengas trucos, rehace tus formas de darle de comer cada vez. Enfréntate a un niño en la mesa con la certeza de que no sabes qué puñetera manera usarás para darle la comida en la boquita. E inventas algo, ahí, donde las papas queman. Que el niño no sepa a qué atenerse, que se enfrente a una incógnita, a un misterio, como quien abre un huevo de pascua sin saber qué habrá dentro, o como quien mira a un mago sacar un conejo del sombrero.

Claro que desde mi cómoda esquina de hermano que pocas veces le ayuda a comer (una a las quinientas) puedo lanzar mis teorías a este horizonte cibernauta. Qué fácil es decir para mí todo lo de arriba. Pero mi madre, que casi tiene que hacerlo todos los días, tiene la excusa del cansancio y el aburrimiento por darle de comer a Lu todos los días: entonces, imagínense inventar un nuevo truco de persuasión cada día, esa labor le corresponde por ley a las madres (a mi madre). Pero es humanamente imposible. Lo comprendo y por eso he claudicado cuando la veo molesta en el comedor, no me nace la energía para aconsejarle formas más suaves de ayudar a comer (a veces tampoco las sé, a veces no me deja). Y me siento un hijo incompleto, que los dieciocho o los veinte o cualquier cifra de edad no tiene efecto en mí y sigo siendo un chico de la vida fácil.

Prefiero ayudarla a comer a mi modo y cuando a mí me toque. Que luego Lu elija como le gusta que le ayuden a comer, aunque debo admitir que secretamente cierro el puño cuando Luchi pide que no le alcen la voz. Porque a veces los viejos creen que a uno por ser niño se le puede ir gritoneando a cada rato, caracho.

No existe el mejor truco para ayudar a comer porque los nenes se aburren si le repiten e insisten con los mismos truquetes; por eso el del avioncito está desusado en nuestra mesa, ya no paga ya, como se dice por acá. Para mí al menos es una duda existencial aterrizar en la mesa y no saber cómo domesticar a la niña en cuestión.

Cada vez que te sientas a la mesa con la nena

hay un nuevo truco

que espera paciente ser inventado.

4 comentarios:

  1. Lindo post::
    Inventavos y reinventamos todo lo necesario para que sufrir por culpa de una verde verdura no sea tan traumatico, y sin duda harias un libro con esos metodos un beso bonito cuidate bye

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  2. yo tambien quiero tirar botellas con mensajes al mar la pregunta es que podria escribir¿¿¿???

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  3. Sé que harías cualquier cosa por Lu, sos increíble.
    Un regalito...estoy de vuelta!!!

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    Pasa este osito a las personas qe quieres muchisimo y no quieres que cambien nunca. (espero recibir el osito).
    Si recibes entre 2-4 ositos te quieren
    Si recibes entre 4-8 ositos te quieren mucho
    Si recibes entre 8-10 ositos te quieren muchiiiisimo
    Espero qe yo sea una de ellas!!

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  4. Estoy cerca de publicar en mi casa un libraco de Cocina para Bebés, despues de eso, nada. En mi caso, mi mensaje embotellado estaría en lenguaje matemático, por ejemplo: 1 + 1 = 3
    Nos vemos, Lorenita.

    Lasci buenosairina, gracias por ese Oso de Oro. Hace poco una directora perucha lo ganó con su película "La Teta Asustada" en un festival de Berlín, lo que causó mucha sensación por aquí. Me siento realizado. Todos los Osos de oro sean para ti. Besucos.

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"vete de aqui, vete de aqui" (Lu dixit)

 
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