lunes, julio 14, 2008

Ni hoy ni nunca más

-No quiero ir al colegio ni hoy ni nunca –sentenció Luciana llorosa e insegura pero sin retroceder un hilo de voz.

Días atrás nos había insinuado, a mí y a mi madre, que su amigo Luis Enrique la molestaba a toda hora en sus clases del Jesús de Praga. Este colegio estaba a dos pasos de la casa de Pueblo Libre y nos había acogido a mí y a mi hermana cuando pasamos uno tras del otro por los salones a los que ahora no quería volver Luciana y que yo, cada vez que la recogía al mediodía, sentía diminutos y sofocantes. Según Luciana, que gustaba hablar poco del tema, el tal LE la golpeaba, la interrumpía, no la dejaba ser… tal vez el maltrato psicológico estaba siendo profundo, pero eso ya quedaba a mi imaginación, a la que tenía que recurrir para entender un poco el silencio de Luciana.


Ya eran las ocho y su colegio abría las puertas quince minutos después. Estábamos con mi madre en el cuarto y no soportaba ver a Luciana con ese tono suplicante por no ir al colegio “ni hoy ni nunca más”. Casi imponiendo mi voluntad le dije a Lu, sin consultar a mi madre, que por hoy no iría, que no se preocupase ya por eso. Perder un día no era tan grave, solo que había que ver cómo convencerla de hacer que reconsidere su posición de no ir al colegio nunca más. Ese día la recogería y le compraría un helado a la salida como no había hecho el día anterior, porque me procuraba el placer de recogerla ininterrumpidamente todos los días de la semana cristiana, placer que le robaba a mi madre que había tenido el monopolio de ese privilegio el año 2007.
Intentar conversar con Lu era, como me paso en otra ocasión, así:

-Mamáaaa ¿De qué color pinto el sol?
-¡Amarillo!- gritaba mi madre desde la cocina.
-Porque tendrá que mandarle como pintar- pensaba yo… y le decía- ¿No quieres pintarlo de verde mejor?
-No, mi mama me ha dicho amarillo, mamá reiner me esta molestaaando-seguido por- Vete de aquí, vete de aquí.

El sol es amarillo pero para la imaginación de un niño está mejor que lo piense de mil colores. Es como predisponer a mi hermana a no hacerle caso a la realidad y la desafíe, que entienda que siempre son posibles las variantes. Pero Luciana no me dejaba molestarla con eso último. Por eso mismo era difícil sacar conclusiones con lo poco que recogía del testimonio de Luciana cuando argumentaba no ir al colegio. ¿Y ahora qué le digo?

Puede parecer que la siguiente alternativa tendría que ser pensada luego de un tiempo razonable pero todo se me ocurrió esa misma mañana: había que cambiarla de colegio, era clarísimo. Le aterraba entrar a ese colegio y no había necesidad de hacerla pasar más por ese trance. Luego salió la posibilidad de cambiarla solo de salón, después de cambiarla al horario de la tarde. Marita, una de las ultimas vecinas que había llegado a la Quinta Jesús, que siempre tiene motivos para entrar a la casa, le había aconsejado a mi madre “seño tiene que llevarla aunque llore, hay que ponernos fuertes, porque si no cómo”. Yo escuchaba eso en la trinchera que era mi cuarto donde iba a la mitad con una lectura sobre Loreto y sus gomas extraídas a inicios del siglo XX pero, a decir verdad, era un ejercicio nulo dirigirme a la sala para tratar de convencer a Marita de lo contrario. Me remito a la última vez que la quise convencer de mi mayoría de edad porque le parecía una falta de respeto servirme un vaso de cerveza y, peor aún, bebérmelo frente a mi sacrosanta madre. En fin, una discusión bizantina que en el mejor de los casos me llevaría a rechazar su oferta cervecera, contrariando los ideales pre cirróticos que mi familia tenia de mi, ideal que no me he esforzado en desinflar.

Marita continuaba:
-Si te pega, tú tienes que darle más duro porque con una vasta, vas a ver que no se te van a acercar más –Luciana la miraba sabiendo que no haría lo que le decía Marita, porque ella no era así de peleandera.

Si pues, tenía que saber defenderse de los demás. Así que le intente enseñar uno que otro insulto para que se los lance a su compañero el pegalón. Fueron los agravios más suaves que encontré. Todavía tenía cuatro y no podía tampoco violentar su inocencia de esa forma. Había que esperar hasta los cinco años de vida.

-Como no has ido al colegio vas a estar castigadita todo el día y no vas a salir ni jugar con nadie. Ahora has tus tareas ahí sentadita -decía mi madre.
-Ya –respondía Luciana, olvidándose, o no importándole, que no cumplía nunca lo que prometía.

Otra vez, intentando que se olvide del tema del colegio, le prometí que la llevaría al cine para ver alguna película de dibujos que le agradara, y por consecuencia irremediable, me aburriera infinitamente. Era verdad, tenía pensado llevarla a ver Valentino y el Clan del Can, solo le pedía tomar la sopa y comer el segundo. Esta invitación contravenía expresamente con la disposición de mi madre de no dejarla salir a ningún lado porque “no has ido al colegio, te has portado mal”. Yo sabía que luego me ganaría un regaño de la señora Blanca por pasar una vez más encima del mandato categórico que había dejado, en el fondo quería suavizarla porque faltar un día al colegio no es nada terrible ni indicador de una futura revelación mayor de la niña Luciana (el tiempo escribirá esto que dejo en paréntesis y lo hará mejor que yo)

Ese jueves no tenía clases en todo el día. Solo iba a las tres para mi primer ciclo como alumno libre de Filosofía Moderna, de la cual salía embobado y dispuesto a cuestionar hasta el recorrido aherrojado y viril de una comunidad de hormigas llevadas por el deseo irrestricto de conseguir alimentos que guardar para tiempos de vacas flacas que seguro nunca les llegarían. Fue así que mi madre, Luciana y yo nos sentamos a la mesa para almorzar. Luciana es inquieta y no deja de pararse para ir a la puerta por cualquier ruido impertinente de la calle. Luego, ya bajada de la mesa, se olvida de volver a ella y yo:

-¿No me vas a acompañar a comer? –con el fin de hacerla subir.
Esta vez resultó, e investigue nuevamente lo que la movía a dejar el colegio. Porque estaba convencido de que no era tan fácil entender el problema solo con el argumento del niño LE que le pegaba. Ella dijo:
-Es que extraño a mi mamá.
-Pero sabemos que mamá está en la casa preparando el almuerzo y de aquí no se mueve, además está cerca.
-No quiero ir al colegio –seguido por un amago de llanto incontenible tal vez.
-Hijita yo no me voy a mover de aquí.
Fue entonces cuando se me ocurrió inmolarme ante tal preocupante situación.
-¿Qué te parece si ahora mamá te va a recoger mañana y todos los días? –esbozo una primera sonrisa incompleta y para salir del apuro.
Aumente.
-Yo le puedo dar el dinero para que te compre tus helados todos los días –completó la sonrisa y me respondió.

Usaba la palabra “dinero” en vez de “plata”, no me cuestiones, ¿acaso no suena más literario?

-Ya –Dios mío, ¿misión cumplida? ¿Me estaba diciendo la verdad? ¿Iría al viernes al colegio?

Había que esperar y que no se tire para atrás en lo que habíamos logrado. Lo que no me obnubilaba para pensar en mi inoportuna intención de recoger a Luciana todos los días. Ya no quería que yo vaya a recogerla, así de directo, sin rodeos, sin guachitas ni fintas innecesarias como Reimond Manco. Era un foul artero, merecedor de tarjeta roja y pifias de la tribuna rival, que era la más. Pero lejos de deprimirme como los modernísimos emos, tan sensitivos en ese sentido, había que replantearme esa situación y ver no que había hecho mal ni bien, sino como reencontrar a mi Lucianita, aquella que quería que la recoja sin importar el helado de por medio, que era una de las tantas cosas que hacer con ella que me proveía fuerza, que me llenaba entero.

Así que fui a la universidad contento y despejado para zambullirme a las clases de filosofía con Levy, el profesor. Me encontré con mi pequeña amiga Vanes y le conté. Ella, cómplice de Marita y mi madre en sus métodos de guerra fría entre niños, me increpó.

-Ah no ahí sí que no estamos de acuerdo. Ahí sí que Luciana no puede sacar su banderita blanca y que viva la paz que viva la paz, sino no va saber defenderse -decía.
-Por eso le he enseñado malas palabras, esta mejor que los hinque con esas malas palabras y no que se exponga a que el tal LE le responda más fuerte en caso de que se peleen. No quiero ver marcas de golpes en mi hermana por seguir el tonto orgullo de no dejarse pegar.

No es que tenga que dejarse pegar y molestar por iracundos cavernícolas de cuatro años, pero diciéndoles “idiota!” o “tonto” dejaría cortos a los niños. Porque los niños a esa edad, por muy maltrata-compañeras que sean, son fáciles de controlar con un grito o una palabra que no entienden. Luego ya venía la ayuda de la miss Juanita, del salón Travesuras. En ese momento, corregiría al killer que había osado traspasarse con mi hermana de cuatro y tal vez a Luciana también la recriminaría por haber dicho esa palabra, “¿Quién te enseña eso?”, le diría. Luciana bajaría la cabeza y a la salida la miss hablaría con mi madre del mal comportamiento de la alumna. Yo convencería a mi madre de que no le haga caso a Juanita y alegraría ese día a Luciana. Esos eran mis perversos planes. Luciana quedaba vengada y LE, disminuido, no volvería a intentar algo tan temerario como molestarla. Ojalá.

4 comentarios:

  1. Leer este post me llevó años atrás. Vaya que hubiera sido paja que alguien escribiera mi niñez o la de alguien en la que yo participara para no perder tantos recuerdos.

    Lu tiene una suerte de la ptm.

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  2. No sé que es tener un hermanO mayor, pero ahora que él tiene 16 y yo 22, entiendo perfectamente tu blog.!

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  3. Hola caro: Estamos en la misma situacion. en mi caso guardo ciertas cosas de mi niñez que me hacen regresar a ella. Más, nada.
    Cuando hay funcion? Nos leemos.

    Hola jenn!!: Qué bueno que lo entiendas. A veces, yo no. Sí tengo una hermana mayor y te puedo contar que ella, Romina, es una dictadora. Te salvaste. Ni Lu, ni yo lo hicimos.
    Ojala esto te sirva como a mí. Un abrazo.

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"vete de aqui, vete de aqui" (Lu dixit)

 
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