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lunes, diciembre 08, 2008

La buena voluntad

“Ah, de seguro no vieron el tacho de basura”

(Luciana, que aun no conoce la inmundicia humana. Frase dicha frente a una envoltura de tortees abandonada en la calle)


Alguien llora. Ahora se ríe. Vuelve a llorar. ¿Será Luciana? Imposible, nunca me despierto tan temprano como para verla antes de partir al cole. Parece que está llorando un hombrecito. Un pedazo de hombrecito, un retaco, un enano.

Luego de cavilar esas cosas en mis sueños, abrí los ojos. Sin completar el bostezo natural de cada mañana, cual rinoceronte abriendo el hocico, pregunté / grité

-¿Quién llooora?
-No, no es Luciana - se apresura a decir mi madre-.

Menos mal, pensé para mis adentros, que ya se iban despertando. Miam miam, hacía con mis labios.

Ese día estuve leyendo desde las 9 am hasta las 12 m, o sea toda la mañana que me fue posible respirar despierto. Alex, el gordo bebé-vecino, se quedó en mi casa porque Marita, su mami, tenía que terminar unas diligencias en el CC Gamarra. Leía una novela en la mesa de la sala. Alex y mi mamá estaban en mi cuarto viendo tele, sólo ella, y jugando, sólo él. El enano todavía no habla bien y sigue en su fase de
tata tata gugu mamaaaa. Creo que lo inducen a eso sin darse cuenta. No sé. A veces veo que lo tratan como taradito, como me trataban a mí de crío. ¡Claro! ¡cómo no lo ví! El pecado original es ese: vendrás al mundo a ser tratado como un demente cuanto no quieras y no os darás mucha cuenta. El pecado original somos nosotros los “adultos” (categoría que Luciana me imputa). Y no se quita con ningún sacramento o bauticito bien organizado, ni con padrinos híper-católicos, que suelen ser los más caóticos. En mi caso tuve padrinos que nunca lo fueron, o lo fueron desde otro continente y sólo en Navidad cada dos años cuando venían, pero no les guardo rencor porque gracias a aquella madrina, que mandaba cartas seguidamente a la casa, siento que di el primer paso (imperceptible) para izarme como el escribidorsuelo que ahora soy. Ahora sigo su ejemplo: mando cartas que vuelan con mi cariño impreso. Es la fractura necesaria para escribir. Por lo que le guardo un extraño buen recuerdo.


Decía que Alex se pasó la mañana en mi casa. Hacía bulla, mucha bulla. No me podía concentrar pero se necesita más para que yo pierda los estribos. Y difícil que suceda con ese bebé-vecino. Pero, déjame leer ¡hostias! Mamá por qué eres tan buena. Si yo fuera tú, no albergaría chamacos en mi casa ni por un minuto. Cerraría las cortinas y apagaría la luz, me escondería cínicamente, si alguna madre-vecina me viniera a pedir que cuide a sus retoños.

Sobre las doce llegó Marita y se puso a "lorear" con mi madre. Cuando terminé de ducharme me preguntó si quería recoger a Luciana del cole. Le dije que sí automáticamente, debe ser una de las cosas que hago sin meditar,
a priori: recogerla del colegio. Tal vez meditaría si su colegio quedara lejísimos pero está a un paso, al frente de mi casa. Celebro eso ya que nos ahorramos usar la movilidad escolar, de la que tengo mis reparos. De paso, aprovecharía en comprar un cuaderno nuevo y un Axe en Jesus María. Tal vez Luciana se animaba y me acompañaba.

[…[

–Toma, toma y toma - me decía Luciana mientras me ponía su lonchera en la mano, su casaca en la otra mano y su cuaderno de control entre mis rodillas.

Luego camino a la salida, me acomodé las cosas y la seguí. En la puerta, le pedí la mano para que cruzara conmigo. ¡Bah! agarrándole la mano y conversando es la manera en que hago las cosas para que no me pida que le compre dulces. Algunas veces me ha resultado y esta vez no fue así. ¡
Compra, compra!, y me jaló hacía el golosinero.

–Vamos a la tienda – le dije y Ella opuso resistencia –.
–No, acá nomás compra – un argumento lógico –.
–Vamos a la tienda – insistí –.

Acepto que cometí un error. Debí decirle
vamos a la tienda porque quiero comprar mi cuaderno y de paso te compro algo. Debí hablarle completo. Me he terminado por parecer mucho a mi padre. Él siempre me llamaba así:

-Hijo, ven.
-¿Para queeé?
-Ven.

Terminaba por ir molesto o por no ir. Generalmente era para pasarme una pierna de pollo que él me guardaba de buena voluntad. Siempre ha sido muy desprendido y nos ha repetido
yo por ustedes, hijos, dejaría de comer. Yo le creo.

Las contadas veces que Luana me ha hecho pataletas a las afueras del Cole yo he optado por no hacerle caso (admito que alguna vez la cargué cuando no quiso cruzar la pista). Ya le he explicado que a veces no tengo dinero y no le compro nada; que a veces sí tengo dinero y le compro algo. Ese es el imperativo con el que, mal que bien, Luciana sabe controlar sus pedidos excesivos. De hecho que le jode que no le compre nada. En esta oportunidad se enojó porque la quise llevar hasta la tienda para facilitarle una golosina -que a mamá no le gusta que le compre antes del almuerzo porque se llena y no come- sin decirle nada. Sin retroceder en su orgullo de bebé me dijo ¡no, ya vamos a la casa!

Le abrí la reja, le devolví sus cosas y la vi entrar sola. Yo fui solo a Jesús María para comprar un cuaderno y un Axe Chocolate. La vida transcurría normal, acompasada, previsible en mi caminata por esa zona comercial. De pronto, tres guirnaldos jovencitos de trajes azuletes obstaculizaron mi aburrido camino. Me chantajearon.

–Amigo, ¿nos colaboras? – y eleva el cilindro de las limosnas –.
– ¿Qué es eso? – indagué –.
–Es para que colabores. Vas ayudar a 2 millones de niños.
– ¿Tú crees? – e hice el ademán de sacar monedas –.

No acostumbro colaborar con esas causas. En los micros pocas veces soy solidario con las peticiones que hacen esas personas, no soy de conmoverme (lo que tal vez me preocupa). Debo admitir que el "espectáculo" que brindan a ido mejorando últimamente –ha de ser por la competencia y el libre mercado– pero desconfío del paradero que vayan a tener mis fondos.

– ¡Lo que vale es la intención! –pontificó el primer niño mientras su amigo despegaba un estiquer de una plancha de pega-pegas rojos. Esos clásicos estiqueres de “Yo ya colaboré” –.
– Ja ja – la buena intención. "Lo único bueno sin restricción es la buena voluntad", recordé mis clases de Ética–. No, no quiero, gracias –le dije al segundo niño: no necesitaba ese premio en forma de estiquer, no necesito ningún premio–.
–Uuuy tiene miedo –dijo el tercer niño cuando ya nos alejábamos. No entendí eso. Pero luego de escucharlo sí le tuve miedo–.

¿Quién tiene buena intención? Yo, que pienso colaborarte no sé porqué, o tú, que dejas tus clases bajo pretexto de hacer la colecta –yo también he sido alumno–. Es evidente que ninguno, papay.

Apuré el paso. Crucé la avenida Brasil, dos cuadras más y ya estaba en la calle donde vivo. Observé a lo lejos que el golosinero estaba cerrando sus cajas de chicle, caramelo, galletitas, etc. Me acerqué y le pedí
algo de cincuenta céntimos (que fue lo que me sobraba luego de gastar en mis utensilios de aseo personal). Sólo me alcanzó para un Pokeké. Entré y busqué a Luciana para regalarle el chocolate pero escapó, aún resentida, hacia su cama y desapareció bajo su arrugada colcha amarilla.

Dejé el
pokeké sobre la biblioteca para que mi madre se lo diera cuando acabase la comida y me fui […[ Hasta hoy, el pokeké sigue ahi, en lo alto, donde Ella no puede llegar, como un trofeo que no se marchitará, una meta que debe buscar y no alcanzará; esa es la buena voluntad, una flor imperecedera, que, yo creo, los nenes no van a poseer, salvo cuando Luciana me sorprende con sus abrazos furibundos que los siento en menor cantidad a medida que va creciendo.

VIDEO: Chicle, cigarrillo, caramelo, compre cacerito por favor, de Miki G. Recuerdo a mi madre tararear esta canción cuando yo aun ni tenia uso de razón.


lunes, octubre 20, 2008

De almuerzos de la noche ( N.N )

“Le voy a decir a mamá que no te de agua nunca más”
(La Luchi, 4 procesiones, me quedaré sin agua pero tengo mi Jampi)


Eran las nueve de la noche, había que guardar el carro, pero antes el Toyota blanco necesitaba que le llenen el tanque de petróleo, que lo "aceiten". Es sabido que una niña a los cuatro años ya debería estar durmiendo plácidamente (a sus anchas) a tan altas horas pero Luciana todavía padecía con su pequeño plato con sopa de fideos. Para Ella, como me dice, estaba "almorzando" todavia. La coartada parecía perfecta, si no terminas tu sopa, no iras a guardar el carro, tienes 10 minutos más antes que me vaya, advirtió mi padre esa noche.

Ahora voy a hacer público el "roche" de la familia ––roche que no hago mío––: Luciana, a pesar de sus cuatro marzos ya cumplidos no sabe comer sola, en ninguno de todos los almuerzos del día y de la noche.

Odio las comparaciones entre niños pero voy a hacerlas solo para informar a los lectores que no saben mucho sobre niños, o no tienen uno, o tienen uno pero no saben cómo cuernos criarlo. Hay niños y niñas, entre familiares y amigos, que, pese a tener menos edad que Luciana, ya degluten animosamente cualquier sustancia sólida o liquida que se ponga en el camino de su mirada.

NIÑOS NOTABLES (N.N)

Emy Sophia, la prima que vive en Surco, de un año menos, siempre sale a relucir en nuestra mesa cuando Luciana se niega a comer. Yo recuerdo que ya en su bautizo, meses atrás, la vi comer violentamente cada plato que le servían, ella sí disfruta comer, se relame. Incluso, su torta de bautizo, la cual también se usa para el momento de las fotos --por eso viene tan decoradita--, fue víctima de las miradas más conturbadas de Emy, que no dejaba de mirar con solemne seriedad cuando su viejo encendía la luz naranja de la cámara Smile Shooter (que me parece el peor invento del mundo) como quién dice ya dejen de joder con las fotos, denme mi torta nomás.

Ana Claudia, también es un fantasma que pulula en boca de mis padres cuando se impacientan y las comparan con el fin de que Luciana coma. Sólo he visto a AC una vez y es de las niñas obedientes que se sientan en las faldas de su madre y abren la boca, no se llenan y por eso nunca, estoy seguro, tienen un límite en su dieta. Tiene un año apenas. Su hermano Oscar Eduardo, que sufre de coprolalia, es de los niños que ya están convencidos que tienen que comer primero para luego jugar, jugar, jugar y proferir obscenidades a diestra y siniestra, arriba y abajo, al frente y detrás.

Danielita Chang, la prima que vive en el Callao, de un año más, no tiene problemas con su comida. Ella, a sus cinco, ya come sola. Luciana me ha contado, sin envidia, como tiene que ser, que DCh almuerza con su joven abuelita y no tienen problemas ni con el pollo, ni con la carne, ni con la sopa, ni con nada. La hermana de Daniela, Alessandra, de un año, a la que llamamos con mucho cariño "Bebé Alessandra", le sucede igual y no hay quejas en esa mesa. Las únicas quejas tendrían que ser para Alex, el ex-presidente regional del Callao, por no saber terminar la vía expresa y, lo peor, haber cobrado por ello.

María Fernandina, víctima de un post anterior, también come con facilidad su comida. Ella le ha puesto un vocativo muy gracioso: Pío. Creo que eso puede ayudar mucho. Entonces, ella, a la mesa, se sienta para comer su "pío" y para hacer sus tareas.

Steyci, de siete; Alexander, de dos; Marcos, de cuatro, primo de Stey y Alex; viven al frente de nuestro departamento–vivimos en una quinta llamada, muy cristianamente, Quinta Jesús– y en ellos encuentro de todo. Alexander sí es un comelón, no tengo que verlo ni preguntar a Luciana por eso, baste con ver su barriga, su manera de rodar y no caminar y sus antecedentes: fue retratado en El Peruano para un artículo de nutrición. Marcos, desobediente extremo, ha encontrado en la casa de sus primos una cierta tranquilidad que en su primer hogar le hubiera sido difícil hallar porque su madre lleva una vida algo desordenada y trabaja todo el día para mandarle dinero. Come pero se demora. Steyci, sí es más difícil, baste con escuchar los gritos que llegan desde su ventana luego del mediodía.


No voy a inflar el pecho porque Luciana no sigue alguno de los buenos ejemplos alimenticios de las niñas mencionadas arriba. No me voy a avergonzar (y no me voy a preocupar) de que Ella, cuando va a otra casa y no quiere una comida, me mire y me diga que no quiere comer esa carne fea, con la mirada o con voz baja; además, es tímida y no hace muy efusivos sus pedidos. Me gusta que Ella sepa que tiene derechos de inanición, tanto que parece entregarse a huelgas de hambre como el morenaje de Gandhi, de quien no sospecha ni de oídas. No va a odiar la carne para toda la vida., de eso estoy seguro. Tampoco pasará lo mismo con el pollo a la brasa, el pescado, la mayonesa, el bistec y todas los suculentas alimentos que nos llenan de felicidad. ¿Y cuando se animará a comer y comer bien? Poco a poco. Qué es eso de meterle la comida como sea si NO quiere.

Tampoco me gusta que se llene de golosinas el estómago, que es la comida preferida de cualquier infante. Otros me pueden decir no, el niño aun no tiene libertad de decisión tan chiquito. Tal vez, pero a cambio de darle de comer en contra de su voluntad se presentan escenas que hacen que Lu, o cualquiera, asocie el momento de la comida con el momento en que va tener que llorar necesariamente y eso a mí me parte.

Todo esto queda siempre en las divagaciones porque mi madre es la que le da de comer (yo pocas veces estoy dispuesto o me daría flojera darle siempre) y mi posición es poco aceptada en la casa. De todas maneras siempre procuro plantarle el bicho des-encadenador y molestoso de la autonomía.


Esta canción se la dedicaría un ofendido "pollo a la brasa", flotando sobre el carbón, a mi hermana Luciana. “Voy a pedirte que no me nombres”, diría orgulloso. Luchi, te prometo que lo odiarás por un rato ¿ya?



Árbol sonrisa: Yo puedo dar fe que hacer sonreir a un nene hace sentir a uno formidable y a la vez deleznable. Lo primero por ellos, lo segundo para uno mismo. Porque al hacer reir a un niño que, por su nobleza y falta de máculas, es mejor que tú te das cuenta del tiempo que pierdes molestándote por lo cotidiano de la vida (polítiqueros, caídas de mercado, el cobrador al que le gritas, espectáculo bloguero, reconocimiento sonso, etc). Empieza cliqueando en aquel arbolito de los Amancaes donde puedes escribir tu nombre y el de un feliz niño.
Navidad en El Rímac

Yo no: Como hay que contar toda la verdad, mi lado oscuro se regocija escribiendo cuentos sambenitos en este otro bloJ... http://nochesvirgenes.blogspot.com/ .
Hace unos días llegamos a las 1000 visitas y, si ese número significa algo, pues, estamos felices.

Queja: Nadie apareció, la empresa privada no se hizo presente y hasta estas horas de la madrugada parece que no iré al concierto. Al menos conseguiré como pueda un polo con el rostro cincuentón de Andrés.

lunes, septiembre 01, 2008

El cuento interrumpido

"¡Noo!, no mires al mueble que mi muñeca está calata"
(Luciana, 4 años. Y mi muñeca eres tú)

Conversando con una amistad de la Argentina me pregunta: ¿Cómo va lo del blog?. Le digo que todavía en julio lo empezaré y no le cuento más. Ella no sabe que será participe del comienzo de este post.

Mi madre sale del cuarto algo furiosa porque Luciana no quiere subir a la cama a dormirse ––duerme en el colchón de arriba del camarote––, así que dejo un rato el ordenador y voy hacia por ella.

La encuentro ya arriba y me asusto cuando veo a Romina al costado de la cama y de pie, pensé que ya se había ido a estudiar a la otra casa porque no sentía sus pasos hace rato o porque me era difícil creer que se bañaba a esas horas de la noche ––como lo hacía cuando se iba a sus tonos, previo llanto descontrolado por pedir permiso–– así que me asuste al verla ––pero no por esa broma tonta: ¡ay! que fea eres me asustas–– sino porque soy asustadizo siempre, con cualquier cosa. Si en la calle alguien me pasa la voz me asusto, si me piden una dirección me asusto, me piden la hora y me asusto, la chica más grande de la universidad me asustaba todo el primer ciclo ––ahora ya no, la amenazo con darle besos comprometedores y listo––. Me encierro en mí y cuando alguien me interrumpe de estar conmigo me asusto, me siento desamparado sin mí al volver a los demás. Esa cosa tan arjoniana es una forma decorosa de decir que soy un tonto.


-¿Quieres que te cuente un cuento? –– me ofrecí ––.
-Siii, el cuento del conejo Rabito que tiene una amiga Luciana y otro amigo Aleps (Alexander) como como como….
-¿Como el niño de arriba?
-Ajá. ¿Y ése me cuentas ya?


Le digo que sí ––pero no es verdad––. El cuento del conejo Rabito lo hizo Marita ––a la sazón, nuestra vecina y mamá de Alexander–– para presentarlo al colegio. Ella lo dibujó y lo escribió de acuerdo a como estaba en un libro que en la casa teníamos. Y, para qué negarlo, me daba cierta rabia no haber sido yo quién lo escribiera, igual que el año pasado cuando presentamos un cuento que trataba de Vladi, la niña que estaba dibujada en el biberón de Luciana y que era desde antes de escribir el cuento del 2007 la amiga imaginaria de Lu. Vladi la acompañaba sólo cuando tomaba su leche. En honor a la verdad, era mi amiga imaginaria porque yo era el que le hablaba mientras Luciana tomaba con pausas continuadas su leche Bella Holandesa o Gloria. No iba tener mucho tiempo para escribirlo así que mi madre fue sabia en encargarlo para que lo haga Marita “la gritona” y presentarlo como nuestro cuento del 2008. En definitiva, no quería contarle el cuento de Rabito por el motivo ya expuesto y porque sólo recordaba que un personaje se perdía y lo rescataban, un argumento algo tonto.
Le digo a Luciana que tenía que apagar el ordenador y luego de eso volvía para contarle el cuento. Lo que es una mentira porque lo que iba hacer era buscar un cuento, en la red, qué contarle. Como ya conozco otro noble blog, destinado a la difusión de resúmenes de cuentos para niños, no me fue difícil encontrarlo. Se llamaba "Hadabruja" y trataba de un hada que le gustaba comportarse como bruja tanto así que se fue a vivir con ellas. El cuento dejaba la enseñanza de que no podemos esperar que porque tú naciste hada, niña linda o engreída, tienes que comportarte como tal y cerrar tu campo de acción a lo que hace un hada. Que no hay que tenerle miedo a la antítesis de un hada, una bruja, por el solo hecho de ser una negación, ya que esta negación puede reafirmarnos en nuestras convicciones. Además, presten atención al hecho de que un hada se va con las brujas y no una bruja se va con las hadas. Hay que contaminarse para conocerse como hizo esta hada, que si bien rompe con su familia vuelve luego a ellos como una liga que de tanto tensarse se rompe y vuelve con gran violencia al estado pasivo de antes, pero ya no era la misma, ahora estaba marcada por esa ruptura lo que indica que había encontrado una enseñanza. Listo, ya tenía la historia, sólo despedí a mi amiga la estudiante bonaerense sin contarle que me iba donde Lu porque se iba a poner melosona si demoraba más.

Mi madre estaba a punto de acostarse con Luciana ––a sus cuatro años necesita de mamita aun, todavía no alcanza mi record–– pero llegué a tiempo y subí, nos acomodamos, hicimos una caverna con la colcha y antes de apagar la luz negociamos el tema del cuento. Negociación que, cuando recién le empecé a contar los cuentos, hace un par de años, no hacíamos porque era yo el que marcaba la agenda, al fiel estilo del Dictador. Ella, como ya saben, quería "Rabito y su trabuco” y yo quería “Hadabruja”. Lejos de imponerle mi deseo sólo tenía que manipularla con el viejo truco de soltarle un pasaje misterioso/curioso del cuento venidero para atraparla y que ahora ella misma me pidiera Yaaa, Hadabruja. Le había dicho que se trataba de un hada que se iba a vivir con las brujas, nada más, así de simple, a los niños de 4, o menos, o un poco más, con un mísero bocado se los convence. ¿No lo han intentado? Vamos, háganlo. Se siente rico. Nada de griteríos absurdos ni otras tretas de ese calibre.

Cuando se apagó la luz, apenas mencioné la palabra “bruja” Luciana se asusto y dijo no no no ya no. Le dije que no se preocupara y la abracé. Fue algo así:

Erase un día, en un lugar más cercano del que podemos imaginar, una niña llamada Lucienne descubrió, a los cuatro años, que era un hada porque su mamá-hada le dijo que su abuela y su abuelo, sus hermanas y hermanos, sus tías y tíos y toda su familia era de hadas. Pero a Lucienne no le gustaba lo que hacían las hadas, no le gustaba crear vestidos que se acababan con las doce campanadas, ni convertir calabazas en majestuosos carruajes, no le gustaba ponerle piernas a la sirenita y no le gustaba la idea de que le impusieran una ahijada cuando creciera. Lo que sí, le gustaba jugar con arañas e insectos y usar las escobas para volar era su deporte favorito, además de preparar sopas en recipientes grandes que muchos llamaban pócimas o brebajes.

Hasta aquí, Lu me escucho volteada, mirando la pared, y cuando quiso volver su mirada hacia mí, dio un giro rápido con impulso que parecía violento ––aprendido en la calle, el colegio o la casa–– casi se descarga sobre mí ya que se cuadró inmediatamente como para darme un golpe seco con el antebrazo en el rostro, cual boxeadora que practica durante los veranos en el estadio nacional las tácticas para lisiar a los chicos de la playa que no le harán caso por temor a sus ganchos (pero a nada más). Algo la detuvo en seco, será que siempre, cuando me golpea, yo me quejo airadamente ––la última vez fue cuando arruinó la decoración que había hecho a mi escritorio–– y ahora por fin tuvo un poco de consideración con las dolencias que me causa, en el alma, un golpe suyo. Ojalá haya sido eso. Luego de las risas que soltamos en el momento continué…
Así que Lucienne decidió irse del País de las Hadas. Una mañana tomó el micro que la llevó al paradero de buses. Ya en el bus, cruzó las montañas hasta llegar al País de las Brujas. Cuando bajó, cuatro brujas viejas le preguntaron a quién buscaba y Lucienne les dijo que buscaba a la bruja Vladi. A la bruja Vladi la conocía del colegio. Las brujas viejas le dijeron que tenía que irse a la torre que estaba en el centro de esa ciudad oscura y al costado del río. Como Lucienne no conocía el centro de la ciudad tuvo que caminar por la orilla del río hasta ver una torre. Cuando llegó, tocó la puerta y salió Vladi por la ventana pero como estaba por encima de las nubes, y la torre no contaba con ascensores, tuvo que recoger a Lucienne con su escoba mágica. Bajó hasta el primer piso.

Ahora Luciana, encrespada sobre mí, me cogió de los hombros con sus manitas y con una burla dibujada en el rostro por lo que estaba pasando, entrompó los labios e infló algo parecido a un chicle de burbujas. A continuación, en menos segundos de los que utilizaría Adriana Zubiate para dar una vuelta, yo, que no me había dado mucha cuenta de la sustancia babosa que se me venía en lo profundo de esa oscuridad, fui embadurnado con una mácula adiposa que parecía haber sido germinada durante años. Así, totalmente eclipsado por las babas del diablo, que es mi hermana, y harto de sus interrupciones, alcancé a proferir la frase: ¡Oye! ¡Tú no me respetas!

Hubo un silencio de pocos segundos. Luciana se burló de mi reacción y yo la seguí como admitiendo la escena un poco exaltada en la que acababa de actuar. Porque eso sentí, luego que Luciana festejara la forma en que me irrité: un actorcillo de las pelotas, un bailarín mal instruido de Bailando por un Sueño.

Por mucho tiempo, Lucienne y Vladi, se divirtieron en esa torre de brujas que estaba por encima de las nubes. Pero, cada noche, antes de dormir, Lucienne observaba las estrellas que colgaban del cielo, cerca a su antiguo mundo de las hadas. Lucienne extrañaba a su familia, no aguantó y decidió volver con ella. Luego de todo ese tiempo, ¿cómo la recibiría su mamá? Cuando bajó del bus, lo primero que vio fue…

Sentí un nuevo sonido que pululaba en el ambiente de la habitación. La miré y ya se había dormido. Ahora me acompañaban sus apacibles ronquidos voladores. Supe que era la última interrupción de la noche.


Galería de video: "Un lugar en tu almohada" de Jorge Drexler. Es la versión mejorada y melódica de lo que quise contar.



 
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