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| Imagen por Burak Turan |
martes, octubre 29, 2013
Cinco vueltas a la cancha
lunes, mayo 09, 2011
Que venga la mamá
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| Cotepinta |
sábado, octubre 16, 2010
La fila más aburrida del mundo
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Fotografía de archivo.
domingo, febrero 14, 2010
El lugar de los estíqueres
Avanza hacia mi cama, todavía en pijamas, levanta la mirada, sube a una banca y jala mis dedos. De inmediato, abro los ojos, pero no estoy despierto. Sé que es ella: pocas veces como hoy me despierta cuando se lo pido la noche anterior. Estos días estoy durmiendo más de lo debido. Esta mañana ella no tiene qué hacer, está aburrida, mamá ha salido a pagar el recibo de teléfono.
No queda de otra, debo despertar y estar con ella que guía mis pasos para salir del sueño. Estoy arriba y semidormido, puedo caer del camarote. Ella lo va a evitar sosteniendo la banca donde he de pisar, qué amorosa. Entre que pongo un pie en el piso y quiero bajar el otro, alguien abre la puerta: es mamá, ha vuelto, Luciana suelta mis dedos y va corriendo a recibirla. Pierdo el equilibrio y aterrizo en la cama de abajo para dormir un rato más.
[…]
Cuando ya no resisto más la cama, me levanto y voy a la sala, Luciana ve en la televisión un programa llamado “Los Imaginadores”: cuatro tipos encerrados en una casa con tantas puertas como su imaginación pueda crear. Cada puerta lleva a una habitación donde resuelven sus problemas con creatividad. El enemigo es el “Señor Nudos”, un tipo pesado que ama la mala droga del aburrimiento. Aun así me cae simpático ese personaje, tal vez porque Luciana ya me ha confundido con el tal Nudos.
Cuando termina el programa me pide que la acompañe a comprar estíqueres de lo que sea: ha juntado dinero y quiere ir conmigo. Le digo que vaya sola, que ya puede cruzar la pista. Me dice que ¡no! que sólo una vez ha cruzado la pista sola pero porque tío la esperaba del otro lado.
Me espera a que me quite la ropa de dormir (polo blanco y pantalón una talla menor) por algo más presentable (mismo polo blanco, un short rojo y la gorrita de McDonalds). Llegamos a la "Tienda de Agustín", nos muestran el catálogo de estíqueres pero ninguno convence a Luciana (caritas felices, rosas, Barney, etcétera). Me dice que la siguiente tienda donde venden esos pega-pegas es en el Resort Plaza, en Breña. Pienso que es imposible ir hasta allá caminando, que mejor vamos en el auto de papá.
Así lo hacemos, pedimos permiso a papá que duerme plácidamente y nos llevamos el carro. Prendo la radio, está en una emisora de noticias, anuncian que, en la última encuesta de la Católica, Escritor Maldito lleva seis por ciento de intención de voto en Lima. Luciana me pide otra emisora, pongo “Doble Nueve” y me hace saber que le gusta. Si a ella le gusta a mí también me gusta: nunca he escuchado que las canciones se repitan en esa radio de sonidos raros.
Llegamos al mercado Resort Plaza, buscamos espacio para parquear. Cerca a la señora que vende chicha morada había uno, apago el auto, salimos a buscar los dichosos estíqueres de Hannah Montana. Caminamos, le pregunto a Luciana a cuánto ascienden sus ahorros, me dice que a un sol. Yo la corrijo: no se dice un sol, se dice “una luca” (en jerga limeña). Ella se ríe. Creo que no alcanzará con una luca así que vuelvo al auto para sacar más sencillo. Volteo y veo inmediatamente que se ha pinchado una llanta, en cuestión de segundos la delantera de la derecha se ha desinflado. Qué problemón, esa porción de caucho apachurrado me traerá problemas con mi viejo, pienso.
Me lamento por lo sucedido, primera vez que se me revienta una llanta, Luciana no parece tan preocupada. Para qué preocuparla, me digo, vamos a comprar los estíqueres y ya luego resolvemos esto al estilo de Los Imaginadores, le digo y se ríe. Me guía hasta un puesto lleno de cosas para niños. Ella señala el de la chica Montana, pagamos y nos vamos. Ya tenemos lo que queríamos al precio de un neumático. No hay que imaginar mucho para saber la solución, soy más inútil que el Señor Nudos, no sé cambiar una llanta así que llamo a mi viejo.
Él no parece preocupado cuando le cuento por teléfono lo sucedido. Ya sabía que esa rueda estaba vieja, con alambres sobresalidos y que en cualquier momento se reventaba. Nos dice que esperemos, que ya viene. Esperamos entonces. Con el vuelto compramos unas papitas al hilo. Como era de esperarse, Luciana siente sed y me pide agua. Le digo qué compraremos, me dice que le compre la chicha morada de la señora pero dudo de la higiene de esas aguas malas así que buscamos alguna tienda que venda agua mineral.
Tampoco estaba tan buena el agua mineral. Le digo que el primero que vea a papá le avisa al otro. Lo primero que vemos es a una niña patinando: lo hace perfecto, con velocidad y estilo hasta para frenar. Luciana me comenta que los patines de la niña tienen dos frenos, y los de ella tienen uno nomás.
De repente aparece papá caminando a paso lento. Me dice que abra la maletera y saque los instrumentos (llanta de repuesto, la gata, fierros varios, etcétera). Es la primera vez que cambiaré una llanta, este día aprenderé algo nuevo. Con el semáforo en rojo, el conductor de un auto detenido mira con curiosidad la desgracia automotriz. Mi viejo, al ver mi poca pericia para girar los pernos, hace el comentario malévolo del día: “es la primera vez que cambia una llanta”. Luciana observa de cerca.
Volvemos a casa exhaustos, pero el día no se desinfló igual que la llanta. Luciana abrió rápidamente los estíqueres y me regalo uno, el que menos le gustaba, como premio por mi compañía. Pegó los demás en el cuaderno de Ortografía que viene usando (ya está aprendiendo a escribir). El mío, lo pegué cerca de donde duermo, junto a todos los otros estíqueres que ya me había regalado antes.
viernes, enero 01, 2010
Los niños extraterrestres (o Sobre ruedas en Lima)

Me he resignado a la idea de recibir regalos comprados con menos esmero e imaginación que los hechos a los niños de la familia. Entre las muñecas y jueguitos que recibió Luciana, hubo un regalo que llamó poderosamente mi atención al punto de querer quitárselo: los patines en línea que le envió, desde Estados Unidos, el tío Grover.
Al día siguiente de la Nochebuena, fuimos a visitar a una tía muy querida que vive al sur de Lima, en una residencial construida en los años ochenta, época del presidente Belaunde. Llevamos los patines para practicar. Cuando estuvimos aburridos en la conversación de los mayores, Luciana me dijo para salir a patinar. Acepté.
Le temblaban las piernas como a Bambi recién nacido. Aprender a patinar, andar sobre ruedas, es como volver a aprender a caminar: los tropiezos, la inseguridad, el vértigo quizá, la búsqueda de equilibrio y una mano llevadora, es lo mismo. Solo que la vida sobre ruedas, sobre patines en línea, va a otra velocidad, a otro ritmo, no es la misma cadencia, ni el mismo desliz. Por todo eso es difícil aprender a patinar y por ello mismo me volvieron las ganas de comprarme unos patines, ir tras de Luciana y recordar los viejos tiempos.
Enseñanzas básicas (porque con Luchi me sentía semi-hermano y semi-instructor): separa las piernas, dobla un poco las rodillas, inclina un poco el tronco. No me toques, porqué me tocas. ¡Vamos, sostén tu peso, a luchar! No quiero que los patines te deslicen, tú llévalos a tu antojo, levanta las piernas como si marcharas, a ver, un, dos, tres, cuatro. ¡Eso, como marchando!, le decía.
Estábamos concentrados en aprender a patinar (y yo en recordar mis hazañas sobre cuatro ruedillas) cuando dos niños aparecieron en un scooter ultranuevo, esos de doble base y tres ruedas. Uno de ellos se acercó a preguntarme “¿ella sabe patinar?”. Yo le dije “no, está aprendiendo ¿y tú sabes?”. “Sí, yo sí sé”, me respondió el niño de tres años llamado William.
Su amiguita, o prima, aparentaba tres años también: se llamaba Fernanda. Lo fantástico de ellos era que, contraviniendo a sus edades, cada vez que se subían al scooter lo manejaban poseídos por un demonio. No encuentro otra explicación para que, luego de sus terribles caídas, no llorasen como dos niños normales: de repente y no lo son, pensé.
Inmediatamente le dije a Luciana “mira, aquellos dos, son extraterrestres”. Luciana los miró y me creyó, pero rápidamente supo que la estaba estafando. “No, me estás mintiendo, a ver pregúntales”, dijo.
“¿Niños, de qué planeta son?”, pregunté. “Vivimos por allá”, dijo el niño señalando en dirección al sol. Me volví a Luciana y le dije “¡ves, ves, vienen de más allá del sol!”. “¿Y por qué han venido aquí si este planeta es feo?”, volví a preguntar. “No, solo pasábamos por aquí con el esto (scooter)”, respondió. “Sí, pues, está bonita tu nave espacial (scooter)”, le dije con voz reblandecida. “Sí, mira, mira”, dijo y tomó carrera con el scooter para concluir con violencia arrastrado en el suelo de tanta velocidad que cogió. A pesar del golpe, se levantó contento.
“Mira, Luchi, cuando te caigas, debes poner primero tus manos así como hizo el niño extraterrestre”, le aconsejé. De pronto, la niña que escuchó todo nos dijo “por qué le dices Luchi”, “porque se llama Luciana pero de cariño, en este planeta, le digo Luchi”. La niña miró extrañada y yo proseguí “en este planeta ponemos nombres de cariño, por ejemplo, ¿tú cómo te llamas?”. La niña dijo Fernanda. Le dije que podríamos ponerle “Fer” y al otro niño, llamado William, podríamos decirle “Wil”. Les gustó. De donde venían no conocían los nombres de cariño.
Entonces Fer, Wil y Luchi empezaron a hablar mientras yo estaba sentado en esas raras bancas de la residencial “Mártires de la Independencia”. Cuando Luchi se volvió a mí, le dije “creo que estos niños extraterrestres están aquí porque alguien los ha puesto para que nos hagan reír”. Luciana me dijo mentiroso otra vez. “Sí, sí”, le aseguré, “los estamos imaginando, nadie más los puede ver más que nosotros, esos niños no existen”.
“¿Y ustedes cómo llegaron aquí?”, preguntó Wil. Miré a Luciana con cara de “es mejor no decir la verdad frente a los alienígenas”, creo que ella lo entendió. Para que el marciano me note en su onda le contesté: “hemos venido de la Luna, en ese auto blanco que está doblando la esquina, si quieres puedes ir a verlo con tu prima”. El niño fue obediente a ver el auto blanco de papá, bien cuadrado en el estacionamiento. Le pidió a su prima-amiga que le acompañe pero ella no quiso. Yo iba a aprovechar para escapar pero no se pudo: la otra niña vigilaba y Luciana no podía andar rápido con sus patines todavía.
Apenas desapareció el niño en la esquina, le dije a Luciana: “Wil ya salió de nuestro cuento, en este momento no lo podemos ver porque él ya no existe para nosotros ni para nadie, solo es un recuerdo”. Luciana se reía. No era mi objetivo enseñarle gran cosa con mis palabras alunadas: ellas brotaban de mí con naturalidad (o hasta profesionalismo). Quería simplemente que sintiera inocente pavor o quería ver su cara de sorpresa, cualquiera de dos. Al fin y al cabo, ella tiene cinco años y me va creer por un rato (que no se volverá a repetir).
Estoy seguro que no olvidará la tarde que jugamos con esos niños extraterrestres.
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Imagen de Maria Paula Melián
lunes, noviembre 30, 2009
La mentira de la ducha
-¡Luciana, ya está llena la tina. Ven! -vocifera mi madre desde la cocina-.
Me despierto con sus gritos. Bajo de la cama, voy a la cocina. Le pregunto si hay sopa ramen para desayunar. Me dice que sí y que “llama a tu hermana (Luciana) que la ducha está lista”. Yo feliz.
Fui al dormitorio de Lu. Estaba en toalla, bajo las colchas, con frío. Apenas me miró, se molestó. Rumió por el desagrado matinal de verme. Ella es así, si no despierta de buen humor, hay que conquistarla suavemente cada día. Tal vez sea normal a su edad, pero para mí, Luciana ya está cargada de cierta cólera innecesaria que le transmitimos los mayores y por eso reacciona así.
Ella siempre busca a mi madre pero, como aparecí yo, se molestó. Para barajarla, continué mi camino en ese dormitorio que está dividido en dos. Al otro lado dormía Romina, mi otra hermana. Así que me hice el que no vi a Lu molesta y le dije a Romina lo que le debí decir a Luciana.
-¡Romina, dice mi mamá que vayas! –ahora Luciana me prestaba atención-.
-Ay, no molestes –me dijo Romina, que miraba cómo le hacía señas para que me siguiera la corriente-.
-¡Ya está lista la ducha, Romina!
-Ay, ya, dile que me espere, que ya voy –dijo Romina, la cómplice, con voz soñolienta-.
-Mamáaaa, dice que ya va –le grité a mi madrecita y me dirigí a Lu esta vez-. Pucha, Romina no hace caso –esta vez Luciana me prestaba atención, lo estaba logrando-.
Era el viejo truco de confundir a las hermanas para llamar la atención de la menor, en este caso, Luciana. Quien tenga dos hermanas, una de 21 y la otra de cinco, comprenderá lo que digo.
-Romina es una malcriada –decía Luciana, con poses de vieja renegona-.
-Sí pues, sigue dormidaza. ¿Ahora qué hago para que se mueva?
-No, no. ¡Cárgala!
-Verdad ¿no? pero pesará mucho.
-No, no pesa, yo la he cargado –lo que era mentira obviamente-.
En ese momento, cambié el chip del hermano despistado. Hice los mohínes de quien repiensa lo que le han dicho y le dije a Lu.
-Ah, pero de repente mamá me estaba hablando de ti, porque tú también eres mi hermana. Yo tengo dos hermanas. A ver –abrí la colcha-. ¡Ves! Tú estás con tu bata, ¡tú eres la que se va bañar!
Lo negó todo, quería insistir con mi táctica del chico despistado, que confunde una hermana con otra. Lástima, Luciana, que todavía soy un poco más listo que tú y usé eso para que me hables con fluidez. Pero algo muy distinto era ahora llevarla a la ducha: el reto era que lo haga por sus propios pasos.
-Ya sé, tengo una idea –le dije usando el viejo truco de llamar su atención con una migaja de imaginación-.
-¿Cuál? –respondió ella, como quien mira un farolito sobre mi cabeza-.
-Yo voy a distraer a mamá en la cocina para que tú te metas a la ducha sin que te vea. Luego la abres y cuando mamá escuche que cae el agua yo le diré “ves mamá Romina ya está en la ducha como te dije”. Entonces ella se sorprenderá y me dirá “pero yo no te dije Romina, ¡te dije Luciana!”.
-Jajá, ya-ya. Pero rápido rápido.
-Ok, yo te aviso ah.
Listo. Ella sería llevada por sus pies, convencida de bañarse y orienta a cumplir cada paso de mi plan, que tenía como esencia poderosa la mentira. La mentira que revolotea a cualquier niño y que yo sigo con fascinación.
Esto no lo vio Lu: fui donde mamá, le dije en voz baja que se metiera conmigo a la cocina. Con voz sobreactuada dije “mamá, ya viene ya. Más bien, ¿dónde has guardado el sobre de Ramen?”. Ella me dijo “qué bueno, que se apure nomás. Espérame que yo te busco el sobre”. Luego dije “oh, gracias” y fui corriendo donde Luciana a darle la señal para que salga corriendo a la bañera.
Entré al dormitorio, ella me vio y le dije “¡vamos: corres y abres la ducha!”. Ella se puso con locura las sandalias especiales para el agua y corrió detrás de mí. Mi madre seguía en la cocina buscando ficticiamente un sobre de sopa instantánea.
Volví a la cocina a escuchar cómo Luciana abría la grifa. Cuando pasó dije:
-Ves mamá, Romina ya está en la ducha.
-¿Romina? ¡Yo te hablaba de Luciana! –me dijo sobreactuando-.
-¿Quéeee? No me digas. Con razón Romina me decía que no quería bañarse.
-A ver voy a ver, le voy a decir que no se bañe.
Dijo mi mamá antes de abrir la puerta del baño. Asomó su cabeza y se dio con la anunciada sorpresa que era efectivamente Luciana, como ella quería. Del otro lado, Luciana pensó con natural carcajada que mi madre había sido engañada por nosotros dos, que nos educamos desde tiempo atrás en el arte delicado de paladear la mentira.
Sin querer, Luciana me enseña a mentir siempre. Mentir qué hago, qué miro, con quién salgo: claro que yo lo hago con calculada malicia. Ella lo hace llevada por las ganas nobles de controlar el mundo, de tenernos en su poder o llevarnos a su territorio, aquel donde ella nos pueda manejar como títeres.
En el fondo, dicen algunos expertos, busca seguridad. Ella tiene cinco años, naturalmente no puede modificar el mundo a su antojo. Por eso usa la mentira, monta sobre la realidad la verdad que necesite y me busca meter en ella. Yo no lo pienso una sola vez antes de acompañarla en su aventura. Aunque a veces me irrita, debo entender que esté es un entrenamiento que no debo interrumpir para cuando verdaderamente tenga que manejar los asuntos importantes de la ciudad.
Recomiendo esta columna del periodista Beto Ortiz: Enséñale a caer. Es sobre un padre joven que no sabe cómo criar a su primer hijo. Denle click.
jueves, octubre 01, 2009
Luz y Tiempo
Eso sí, alejen las cámaras del alcance de los niños de la casa, recomendó la profesora de Fotografía. No lo dijo porque los niños sean unos idiotitas-rompe-todo, sino porque siempre hay alguien mayor que sabe advertir con tiempo prudente las posibles complicaciones del devenir, en este caso, del incipiente arte técnico fotografístico de nosotros sus alumnos.
Animado por la advertencia, y queriendo cambiar un poquito mi historia de chico obediente, quise quebrar la prohibición y enseñarle a Luciana la Nikon que me prestaron en la facultad. Pero cuando le dije a Lu que le quería mostrar la cámara, no le interesó y siguió su camino juguetón sin mirarme.
Es una prodigiosa Nikon analógica profesional de color negro que a ojos de Luciana y de la familia ha empequeñecido el antiguo relumbre plateado de mi olvidada y rectangular cámara digital Olympus. Es más, ahora Olympus fotografía a Nikon (en una suerte de batalla de obturaciones galácticas).
Primero tengo que hacer mi tarea con la cámara y si sobra rollo te tomo a ti ¿ya Luchi?, le dije el segundo día que tuve la Nikon. Se molestó por eso. Cómo que no había fotos para ella, habrá pensado. Entonces ya no juego contigo, me dijo refunfuñando de su suerte, o del hermano “malaleche” que le tocó.
Al tercer día resucitó la curiosidad que creí perdida. Oye, ¿y la cámara que me ibas a enseñar?, me aguijoneó Luciana mientras veía algún dibujo. Ah ya, ahorita te la muestro, le dije, espérame, y fui a sacar la cámara del maletín. La cámara viene con tres lentes: el Normal, el Teleobjetivo y el Angular, que me gusta más porque su vista es ancha y profunda.
Le enseñé lo básico: no la toques si no estás conmigo. Ella pasaba los lentes de mano en mano, miraba por el visor, encendía la luz del fotómetro, giraba el anillo de enfoque, abría y cerraba el diafragma, sobreexponía y subexponía, acercaba el frutero hacia ella con el lente de 210 milímetros, encuadraba un pedazo de la realidad. Luego se ponía triste cuando le recordaba que no podía tomar fotos.
Se acercaba la hora de dormir y yo necesitaba tomarle unas fotos a contraluz (con la luz detrás de Ella). Mi madre quería que se durmiera rápido, pues Ella debía ir a un velorio. Si mi madre sale, Luciana se preocupa y a cada rato la reclama: no se queda tranquila. Yo le dije que la haría dormir, pero que primero le tomaba unas fotos rapidazo. Mi mamá aceptó a regañadientes.
Una vez en su cuarto, no se dejaba fotografiar. Además había poca luz, maldición, no se podía. La cámara no usaba luz adicional, es decir, “flash”. Me demoraba: supongo que eso les pasa a todos los recién iniciados en el manejo de cámaras analógicas, que las digitales son más fáciles de usar, pero menos feeling. Las analógicas no son fáciles de domesticar: debes buscar luz, exponerla determinado tiempo, a la velocidad y diafragma correctos.
Luz y tiempo: ingredientes primeros de la fotografía, y no se entenderá hasta no tocar una de estas cámaras. Hay quienes, románticos, se niegan a dejar de tomar fotos con las cámaras analógicas. Hay quienes, apurados, sin tiempo, se refugian en la digital. Lo único que comparten, como fotógrafos, es la capacidad para impresionarse. El fotógrafo vive impresionado con la realidad y no le queda más que fotografiarla sin detenerse.
Luciana sonreía delante de la luz, pero la escena necesitaba un brillo más potente. Llegó un momento en que Luchi empezó a desganarse en sus poses. Quiero hacer un dibujo, empezó a decirme Lu. No le hice caso y se me ocurrió ir a la otra habitación. En mi escritorio hay más luz, pensaba y la llevé.
Prendí la luz blanca de mi escritorio, Luciana se subió a la silla giratoria y así quedó a mitad de camino entre la luz y yo, que estaba en la cama buscando una buena composición. Volvió a insistir en dibujar algo y tomarse foto con ese dibujo. Yo le dije que, es contraluz, que su dibujo no iba a salir bien pero, terca, suavemente terca, bellamente terca, inventó un pequeño berrinche que hizo que le dejara.
Hacer el dibujo demoraría más, qué flojera, mi madre se irritaría mucho, Luciana perdería horas de sueño y ya mi paciencia tomaba el color del negativo. Ve a hacer tu dibujo pero luego posarás para mí eh, le dije a Lu, aflojando. Los últimos tiempos vivir con Lu se ha vuelto una manera ininterrumpida de aflojar en las decisiones por contentarla. Ya no me hace caso como antes. Ha aprendido a pisotear mis mandatos sin remordimientos. Es decir, la cosa se va poniendo interesante a sus cinco años y medio.
Pintó una hoja bond por los dos lados: trazos inentendibles que colgué al lado de ella, como era su deseo, mientras le tomaba fotos. Con su dibujo al costado, Luciana ya era fotografiable y fue así como conseguí mis tres tomas a contraluz aquella tarde-noche de mediados de setiembre.
Jamás seré un fotógrafo pero sí un precario impresionado, el admirador que Luciana no pidió. De manera equívoca, no me impresionan muchas cosas: soy un atristado chico dormilón. De manera unívoca, Luciana me deslumbra cada día con sus jugarretas, tiernas y belicosas, dulces y agrias, suaves y sólidas: ella sabe destruirme con el golpe de la sorpresa.
¡Flash!
jueves, septiembre 03, 2009
El Pozo de los Deseos
Agosto ha terminado ya. Desde el último viernes, Luciana llego del colegio con la idea de escribirle una carta a Santa Rosa de Lima. La idea la tuvo gracias a su profesora, quien le contó que tal santa hacía milagros, era buena y los ratones no le mordían; y a nosotros sí nos muerden, decía Lu en el almuerzo. Es que ella se portaba bien y comía su comida, agregó convenida mi madre.
Lo que recuerdo de Santa Rosa es lo que sigue: alguna vez se castigó a latigazos, cuarenta en total, para sentirse como Cristo antes de ser crucificado. Vivía en un pequeño cuarto de un Convento del centro de la ciudad, que ha sido ambientado para recibir ofrendas económicas de despistados creyentes. Cerca a su cuarto hay un pozo donde, según sigue contando la leyenda, aquel que escriba en clave de carta sus deseos más inalcanzables, con mucha fe, los verá cumplidos en el mediano o corto plazo por milagro de la santa Rosa.
Es un ícono de la cultura religiosa en el Perú, o al menos en Lima. Lo cierto es que en un país llamado Filipinas también la veneran, puede decirse que es su patrona. Según mi viejo, que no iba al Convento hace años, nunca vio tanta gente visitándola como este año (que me animé a ir con él, mi tío y Lu). Era la primera vez que Luciana visitaba el Pozo de los Deseos. Sin su pedido expreso, es decir, si no hubiera jodido los días previos, tal vez ni me animaba a ir. Siempre es curioso acompañar a Luchi en estas incursiones que se le ocurren.
Un día antes, el sábado, ayudé a Luchi a confeccionar su carta, pedilona de más. ¿Qué quieres pedirle?, le pregunté ensimismado. Quiero que cuide a mi familia, me dijo. Mejor algo más, le dije. Pero no sé qué, respondió. Al final quedó así…
"Estimada Santa Rosa si no es mucha molestia vengo a pedirte que cuides a mi familia y a los niños de la calle. Luciana"
El semáforo en rojo nos detuvo. Para mí es difícil asistir entusiasmado a un evento religioso (sí lo hago de curioso, llevado por el morbo antropológico). No entiendo cómo se puede creer tanto en las divinidades, de dónde viene la fe. Si me paso al lado de los descreídos, tampoco podría decir que lo soy totalmente, pues me encomiendo hondamente a Dios en los aviones o cuando le pido un gol más para que la selección peruana no haga un papelón en las Eliminatorias (he llegado a lagrimear al no ver cumplido mi deseo). Sin embargo, Luciana puede mover mis cimientos espirituales y llevarme de la mano sin problemas; como el granito de mostaza que mueve montañas.
El primer error, creo, es pedirle cosas a Dios (o a uno de sus santos ministros). Es infructuoso y conchudo pedirle un auto, un ascenso o la felicidad (ni en minúsculas). Es más real recibir resignadamente lo que él nos envíe desde su justiciero altar, a la izquierda de Jesús; esto sólo si se cree en él. Que lo que Él nos tenga reservado no se condiga con nuestras expectativas confirma la ley de la fatalidad, inherente a la condición humana. Además, quién nos manda a crearnos expectativas.
El segundo error viene con la creencia de que Dios está únicamente en las Iglesias. Cuántos casos de gente que asiste al Templo a dárselas de buena, rezar en profundo silencio y, apenas pisa la calle retorna a sus manías egoístas, mezquinas y poco solidarias con el prójimo que Dios mandó amar. Prójimo mi enemigo, que me conoce y finge no saberme, dijo el poeta. Y qué de la muchedumbre que acude a las Iglesias sólo cuando se celebran efemérides multitudinarias (v.gr. la misa de Gallo o Semana Santa). Eso me cuestionaría como cristiano.
Es más saludable y honesto practicar el amor y la justicia en las calles, con la gente de a pie, la que podemos ver, tocar, ayudar o agradecer. Es liberador creer que los pecados no existen, ni su clasificación en graves o veniales. Y menos lavarse las manos con cierta cantidad de padrenuestros que empaten esos pecados con las oraciones.
Tres bocinazos rápidos me despertaron del “Reino de los Fines” en el que me encontraba volando sin alas, con el sólo soplido de mis convicciones de filósofo de esquina. Y es que había un tráfico espantoso en la avenida Bolivia que me daba para cabecear un rato. Encontramos una cochera para guardar el carro a cinco cuadras del Convento, las cuales tuvimos que caminar tapándonos las narices.
A lo largo de la avenida Tacna había miles de escolares uniformados y en fila esperando la orden del instructor a moverse. Otros, debajo de ropajes típicos de muchas zonas del Perú ultimaban sus coreografías. Había muchos policías y seguridad así que saqué la cámara e hice unas tomas, que hace pocos años no me hubiera atrevido a hacer en ese tugurio de la ciudad. Aunque siempre con cuidado.
Al llegar a la cola para entrar al Convento, que no esperábamos que fuera de tres cuadras (según mi cuestionable alcance visual), mi viejo, en contra del peregrinaje, hizo la criollada más antigua de todas luego de que yo le dije en broma al oído, mientras sujetaba a Luciana, no voy a hacer esa cola, papá cólate(1). Quien sí fue más honesto fue mi tío, él no se dio cuenta de lo que hizo mi viejo y caminó varias cuadras para hacer su cola y esperar su justo turno de ingreso. Puesto a elegir entre Dios y el Diablo, elegí el segundo y me colé junto a mi padre. Lamentablemente, perdimos a mi tío en esa reprochable acción, que se hizo más fácil con Luciana a mi costado. Es diferente colarse agarrado de un niño que hacerlo sin él (comprendí lo que sintió Billy Zane en Titanic cuando, para salvar su pellejo, coge a un niño y sube a un bote aduciendo que es su padre: en evidente manoseo a la inocencia).
El asunto es que entramos antes de lo esperado. Una vez adentro pasamos por la casita de Santa Rosa que, como ya dije, ha sido ambientada para recibir monedas para, supongo, el mantenimiento de esta estructura. Luego, mientras mi viejo nos guardaba la cola malhadada, fui con Luchi para unas fotos en la estatua de Santa Rosa y en la Cruz. Salió con rostro asustado. Le conté que cuando niño hice mi carta le pedí cosas tan estúpidas como: Quiero sacarme buenas notas o quiero ingresar a la Universidad. Ella se rió de mí.
Una vez cerca al Pozo de los Deseos, Luciana abrió su cartera con gran toque femenino, extrajo de ella el papiro que contenía sus reclamos, empino hacia la oscuridad del hueco, observó su profundidad y, como quien suelta una paloma mensajera, dejó volar sus deseos a las tinieblas del pozo.
De no olvidar sus pedidos, le podrá reclamar en el futuro las cosas a Dios.
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(1) Acto desleal de origen aprioristicamente limeño que consiste en adelantar en la cola tantos espacios como sea posible al último de la fila que, posiblemente, no dará cuenta de haber sido timado. Eso sí, el reclamo de los que quedaron atrás no se hará esperar.
PD. Quien quiera recomendar bibliografía religiosa o filosófica acerca de la Trascendencia será bienvenid@ con fervor santarosino.


